El traje vanguardista de mi abuela anticuada

Mi abuela era una abuela que nació así, mayor.

Venía de la época en la que nacer era arriesgado.

Se jugaba la vida quien paría y quien nacía.

Se paría en medio de algún lugar, con suerte en el catre donde dormía.

Su generación vistió con trajes de charlestón. Me parecía increíble.

Pero no nos malentendamos.

Tenía un traje de charlestón, de corte de cintura baja para toda su juventud y unos zapatos de salir .

La fiesta y los actos litúrgicos eran cosas propias de zapatos de salir. 

Ese traje de charlestón y el tocado de melena corta fue reemplazado por el traje tapalotodo y el pañuelo en la cabeza de la etapa franquista. Luego llegaron nuevos tiempos.

Ella se quedó en la mentalidad práctica de que todo cuesta. No era ecologista ni comía ecológico ni tenía idea de las tres Rs, ni sabía de la economía circular ni de la separación de residuos. 

Sin saber nada de lo que hoy en día nos pone en acción porque nos empieza a preocupar seriamente el destino del planeta, en la vida de mi abuela, que era como el de todas las abuelas de aquel momento, había sobre todo sentido común.

Un ejemplo de ello, tres acontecimientos en el armario:

La ropa de fiesta, la ropa de luto, la ropa de estar en la casa.

LA ropa se reducía a tener un vestido para cada evento.

Su bolsa de basura se reducía a unos pocos tetrabriks al final de su vida.  La leche de bote millac se la  recomendó el médico.

EL tetrabrik lo aplastaba a base de pisotones para desplazarse lo mínimo posible al contenedor que estaba a unos metros de la casa. 

Esa forma de vivir austera era por necesidad. Aunque he de reconocer que mi abuela se acostumbró a tal austeridad que ya no sabía vivir de otra forma.

Cuando acabó la época de las estrecheces y la familia empezó a desplazarse a trabajar en buenos trabajos,  llegaron las navidades con árboles navideños y luces, plagadas de los sueños materiales que se convirtieron en varitas mágicas de la felicidad.

Ella se limitaba a almacenar en su cofre más y más juegos de ropa “ramiada”, pañuelos para cubrir la cabeza, camisones, batas y pantuflas que le iban regalando como muestras de cariño.

Su cofre de olor a fotos en blanco y negro, recordatorios de comuniones y fallecimientos, se fue colmatando de ropas sin estrenar.

Más de una vez dijo en voz alta que no era menester que cada año le regalaran las mismas cosas porque no iba a tener tiempo de usarlas.

-No es lo mismo- le decían- este vestido es diferente a este, y este camisón es de otro color a este. Puede ponerse guapa cada día- era normal sentir en complicidad que estaba chapada a la antigua. 

Lo mismo es-decía ella- un camisón es un camisón y mientras este esté bien no estreno otro.

Esta mujer chapada a la antigua, hoy en día habría estado en plena vanguardia.

Hoy que se habla de necesidad de cambio en nuestro modelo de vida, ella sería un referente, con alta capacidad de adaptación y coherencia.

Era el prototipo de lo que perseguimos actualmente, una vida con baja huella ecológica y alta calidad  medida en términos de felicidad.

A lo mejor ella le faltó explorar aún más la felicidad. Sus circunstancias familiares, el sistema religioso y político sumado al económico es muy probable que le restara  oportunidades para hacer lo que de verdad habría querido. 

Si pienso en el armario, quizá tres acontecimientos en un armario sean muy pocos, pero es seguro que 20 son muchos.

Por lo pronto voy a observar el prototipo de mi abuela, aquella mujer que nació en época de blanco y negro que a pesar de todo llegó a sus propias conclusiones en la elección de la manera de vivir y consumir, porque entendía el despilfarro y medía su propia energía. 

Mientras coloco a mi abuela en la vanguardia de la moda, observaré y veré qué puedo hacer desde la decisión propia, alejada de la imposición, para disfrutar del camino que me apetece transitar.

Voy a analizar cuántos acontecimientos necesito  en cada una de las dependencias de mi casa y sobre todo voy a usar esta reflexión para tomarme en serio el camino de vuelta a casa.

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