Todos los días elegimos

Escrito por Loli Rodríguez

Soy de la generación de Espinete y de los payasos de la tele. Crecí creyendo que Marcos era un pobre niño que buscaba a una madre. Crecí contemplando a Heidi, una niña que vivía en un lugar idílico enfrentándose a las dudas existenciales del rico y del pobre. Crecí viendo cómo la familia Ingalls trabajaba en la dureza de unas tierras desagradecidas gracias a un sistema que no era otro que un mercado voraz, y con frecuencia tenían que romper la hucha de los ahorros que iban destinados al futuro de sus hijas. Todas estas series y muchas más de mi generación de televisor en blanco y negro ido a más, supongo que me hicieron sentir que el mundo era muy injusto y que las cosas venían por casualidad y heredadas. Heredábamos la vida y las enfermedades. No hace tantos años descubrí que cada cual decide donde quiere estar. Lo supe cuando tuve que tomar decisiones para cambiar el rumbo de mi vida.

Durante mi juventud, no tan lejana, me cansé de escuchar hablar de derechos que se vociferaban. La vivienda era uno de esos derechos, quizá el derecho más perverso de todos los derechos que nos dijeron que teníamos. Luego estaba la sanidad, y la educación a las que teníamos no sólo el derecho sino la obligación de hacer uso de ambas. Con esta buena intención puede que se dieran las razonas para que el ministerio de sanidad más pareciera el de enfermedad, y el de educación el de desilusión. Con la intención de integrar, el sistema empezó a buscar herramientas para que la gran mayoría de las personas de este país tuvieran una vivienda, una sanidad y una educación digna. Sin embargo, etiquetas subliminales me hacían comprender que había unas personas más dignas que otras. La diferencia entre las personas de renta baja y renta media ha estado en que se ha permitido creer que ambos sectores son independientes y que están en diferentes grados.

Quienes están en el sector de renta baja obtienen una vivienda después de cumplir un trámite burocrático, en ocasiones inaguantable, sobre todo cuando los casos son reales de necesidad. Asisten al colegio más cercano y curan sus enfermedades con personal itinerante. Sin embargo, no tienen derecho a réplica pese a estar en un vecindario muchas veces infernal y ambientalmente poco recomendable, ser el siguiente lugar a destruir por los trazados urbanísticos que sólo entienden los especuladores o sencillamente estar en una lista e espera que sabe que le va a costar la vida. Sin embargo, quienes creían que habían podido elegir su vivienda, negociando hipotecas y asumiendo otros costes que descubrían cuando se enfrentaban a la adquisición de una propiedad inmobiliaria, en realidad, estaban firmando la sentencia a cadena casi perpetua a un sistema demoledor y ausente de moral y ética. Así nos enfrentamos a una realidad donde quienes decidieron “libremente” hipotecarse, pagar seguros y colegios privados, ahora tienen sobre sí la nube negra del desahucio y la expulsión del paraíso de los privilegios. Tienen que soportar la humillación y el sentimiento de fracaso, desilusión y culpa porque quienes nos tendieron la trampa nos hacen creer que hemos vivido por encima de las posibilidades.

El derecho a la dignidad queda secuestrado en el derecho a un trabajo y a un salario digno, que queda supeditado al derecho de una formación digna que a su vez anda encadenada a una realidad de futuro que nos presentan triste y gris. Y lo más duro es que la culpa no es de quienes hemos sido víctimas, sino de un sistema que es injusto desde la base porque está diseñado para enriquecer a unos pocos sin contemplar ni la parte humana, ni la social ni siquiera la Constitucional de la que tanto nos han hablado.

Ahora nos dicen no al derecho a la educación, nos dicen no al derecho a la sanidad y nos dicen no al derecho a la libertad de expresión, mientras nos van echando de las viviendas dignas, de la sanidad digna y de la educación digna, a la que todas las personas tenian derecho, Debe ser que nos hemos convertido de pronto en menos personas…o sencillamente que estamos perdiendo esos derechos.

Las personas de renta muy alta, una minoría, tienen en su poder el mayor capital de este país y no están obligadas a soportar los costes de las políticas sociales en la misma proporción que lo hacen quienes hemos creído en el sistema social. Ante esta sacudida, que provoca que este país tenga cada vez más pobres porque los ingresos no nos dan para soportar todas las correcciones que pretenden hacer a la gran mayoría, para no molestar a la gran minoría, se genera un enorme desconcierto y surgen ramalazos de susto porque vemos un abismo bajo nuestros pies.

Nuestros gobernantes siguen con el disco rallado dando mensajes de que las cosas volverán a ser como eran…. Siguen intentando vender un boleto caduco. Sólo quiero decirle a espinete, a Heidi, a Marco, al Sr. Ingalls y demás que si ellos hubieran vivido en España, en este momento el Sr. Ingalls estaría sin tierras para cultivar, porque lo habrían expropiado para luego recalificar el suelo, estando en espera a que llamen a sus hijas de algún convenio para trabajar en parques y jardines y así salir del país ya que con lo que le dieron por la finca no pudo comprar otra diez veces más pequeña. Heidi andaría viviendo en un polígono de protección oficial, porque su montaña se ha convertido en un monte León o en un campo de golf. Andaría tratando de readaptarse con programas de reinserción para salir de las drogas a las que tuvo que acudir para encajar su nueva realidad, Marcos estaría con varios acreedores de la construcción detrás suyo sufriendo la persecución que sufrió su madre con él y Espinete sería el cabecilla de una trama de corrupción donde sólo iría unos días a la cárcel, enriqueciéndose con portadas para tele 5 para seguir sosteniendo su inocencia a la que llamamos…creo, derechos. Y los payasos de la tele, si siguieran con la eterna juventud, dejarían de preguntar ¿cómo están ustedes?.

Me he propuesto no hacer críticas sin alternativas. Propongo que al margen de los políticos que nos gobiernan y los aspirantes con el mismo modelo repleto de delirios de grandeza, hagamos un mundo diferente, real, palpable.

Si yo pudiera cambiar las cosas empezaría por considerar que la aportación a la cohesión familiar nos proporciona calidad de vida y felicidad. Quienes han hecho eso posible han dejado de hacerlo porque jamás vieron su trabajo reconocido. El papel de nuestras queridas “marujas” tiene que volver a ocupar ese lugar de manera profesional y voluntaria. Para cambiar las cosas positivamente yo dejaría que nuestros barrios se llenaran de hogares con “marujas y marujos”. Volver a sentir que la chiquillería llega a casa para coger el bocadillo y salir un rato con la pandilla del barrio no está mal, como tampoco sienta mal a nadie que tengamos un momento de tranquilidad familiar en el almuerzo hecho en casa, con olores y sabores de verdad. Retomar los espacios públicos y rescatar el tiempo para charlar, para jugar a las cartas, hacer punto escuchando a los más pequeños interactuar sin que tengamos que hacer de escoltas…son prácticas sanas que aportan tranquilidad. Apostar por otras formas de movernos y de consumir, como por ejemplo los transportes públicos no agresivos, articulados y adaptados al territorio. Tenemos todas las infraestructuras creadas sin necesidad de hacer algo nuevo. La subida de los precios del combustible hace que las vías se descongestionen. Queda todo el espacio para las adorables guaguas. ¡¡Mejoremos ese servicio hasta morir casi de gusto!!. Adaptémonos al lugar donde vivimos, siendo conscientes de su fragilidad y de su futuro.¡¡Empecemos a disfrutar ya de los cambios!!, ¡¡dejemos de creer en los sueños de los que deliran queriendo hacer un espacio que no es el nuestro y que nos aleja del entorno natural y del vecindario!!. Yo elijo vivir en un entorno psicológicamente y emocionalmente sano!!. Cada lugar tiene sus ventajas y sus inconvenientes y eso es lo que hace que los lugares sean únicos y apetecibles. Empecemos a trabajar con asambleas participativas, sin siglas, sin retóricas, sin prisas…Es el momento de tomarnos las cosas con calma, tenemos toda la eternidad para dibujar el mundo que queremos. Siento que hemos llegado a la cima. La bajada debe ser lenta para no sufrir el mal de altura que ahora padecemos.

Planteemos una nueva forma de consumir sin dramatizar. El no consumo es consumir responsabilidad. Pensemos en los límites sin ahogarnos en ellos. Compartir recursos no debe ser un drama sino una oportunidad de cambio. Nuestros políticos han demostrado que no están a la altura de las circunstancias.

Somos una sociedad preparada y tenemos muchas herramientas para construir un mundo nuevo, desde la base, sin aspiraciones macro, sin expectativas subvencionadas, empezando desde nuestra comunidad, colectivizando, creando pequeños grupos de trabajo y ampliando la visión a lo global para no perder de vista el objetivo. Trabajemos en conjunto. Dejemos lo que es válido y cambiemos lo que no lo es. Llenémonos de optimismo y dejemos la encrespación, la culpa y los enfrentamientos para saldar en la medida de lo posible la factura que se ha ido quedando para las generaciones futuras.

Todos los días elegimos.

Ahora te toca elegir el pedido de esta semana. ¡¡Nos encanta verte en Alborinco!!

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